El Té en el Desierto y La Boda
Nos levantamos a la mañana siguiente con energías renovadas y después de desayunar partimos de regreso a Rabuny. A medio camino nos detuvimos en un pequeño campamento autónomo llamado "27 de Febrero" y que no pertenece a ninguna Wilaya concreta. Allí nos enteramos que esa noche se iba a celebrar una boda, a la cual, quedamos automáticamente invitados.
Parte de los componentes del grupo posando ante la "jaima" del Centro de Rabuny.
Ya de vuelta en Rabuny, Sidi nos propuso un plan imposible de rechazar. Se trataba de adentrarnos en el desierto unos cuantos kilómetros para tomarnos un Té en medio de la nada. Dicho y hecho, a primera hora de esa tarde, montamos todo el grupo en el entrañable camión de nuestro inestimable guía y después de circular por una estrecha carretera durante unos 10 ó 15 kilómetros, abandonamos la misma y enfilamos desierto adentro. Después de recorrer un buen trecho de arena pura, llegamos a un lugar en el que se podían ver una media docena de arbolitos espinosos que no levantarían más de un metro del suelo. Con unas cuantas ramas hicimos un pequeño fuego donde calentamos el agua para hacer el té. Estuvimos un buén rato allí sentados sobre la arena hablando sobre un montón de cosas y escuchando las historias que nos contaban nuestros amigos saharauis sobre la vida de los beduinos y de los tuareg en el desierto profundo. Fué una tarde inolvidable.
El que se ve en la foto es Brahim, el subdirector del Centro de F.P. de Gazuany. Él fue el encargado de hacernos los honores y prepararnos el té que tomamos esa tarde en pleno desierto. Esa tarde resultó ser una de las más entrañables que pasamos en Tindouf.
Cuando anocheció, nos preparamos para asistir a la boda a la que nos habían invitado esa mañana. El novio era un saharaui recién liberado por Marruecos en un intercambio de prisioneros que se había efectuado apenas tres meses atrás. Había sido hecho prisionero en 1980, llevaba por lo tanto 17 años internado en diversas cárceles marroquíes. Tuvimos oportunidad de conocerlo y de conocer de primera mano su historia. Impresionante el relato de las penurias, torturas y miserias que se vieron obligados a soportar, él y sus compañeros de cautiverio durante esos 17 años, pero lo que más llamaba la atención era la tranquilidad y la paz interior con la que hablaba sobre hechos que había sufrido en su propia carne y que a una persona normal le habrían causado la locura como poco.
Aquí estamos el grupo al completo posando con el novio (en el centro, de blanco con pañuelo negro en el cuello).
La boda se dilató hasta bien entrada la madrugada, todo un repertorio de danza saharaui fue desfilando delante de los animados asistentes al evento, pero la última anécdota de la noche estaba todavía por llegar. Cuando decidimos regresar a Rabuny, nos dimos cuenta que al camión de Sidi le había desaparecido la batería. Después de realizar unas cuantas preguntas por los alrededores, nos enteramos de que la batería que tenían preparada para dar luz en la boda se había estropeado y fueron a coger la que pillaron más a mano. Después de conseguir arrancar el camión con la batería de otro coche, nos vimos obligados a recorrer los 20 kilómetros de pleno desierto que nos separaban de Rabuny alumbrándonos con dos pequeñas linternas que apenas iluminaban un par de metros por delante del camión. Cuando llegamos sin novedad a nuestro destino, no nos lo podíamos creer. Era nuestra última noche en Tindouf.
La sonrisa que me cautivó. Durante la celebreción de la boda se me acercó esta niña y sin mediar palabra, me miró y me cogió de la mano. Debí de caerle simpático, ya que no se separó de mi durante todo el tiempo que duró la fiesta. No llegué a saber su nombre, pués no hablaba español, pero tampoco hacía falta hablar, la limpia mirada de esos grandes ojos me traspasó el alma.
La fiesta estuvo de los más animada. En el centro de la foto se pueden apreciar a los novios. La novia tenía la cara escondida debajo de un buen número de velos y entre bailes y canciones de los asistentes se los iba quitando de uno en uno. Cuando iniciamos el regreso, pasadas las dos de la madrugada, aún no se había quitado el último y nos quedamos con las ganas de verle la cara.
El Regreso
Casi sin darnos cuenta, llegó el día de volver a casa. Los recuerdos de los momentos vividos a lo largo de los seis días de estancia en los campamentos, nos hacían reflexionar sobre la durísima lucha de este pueblo por su supervivencia. La tenacidad saharaui ha conseguido mantener unido a la mayor parte de su pueblo durante los casi 22 años de guerra y de exilio en el desierto, soportando unas condiciones de vida infrahumanas.
Puesta de sol en el Árbol Solitario
Nos despedimos de los amigos que habíamos hecho en esos días deseando sinceramente, que la próxima vez que los visitásemos, lo hiciésemos en sus propios territorios liberados. O, como ellos dicen y se entenderá perfectamente la frase si miráis el mapa de la página inicial...
-que la próxima vez que nos veamos, realicéis el viaje por mar.-
G.S.A.